La cuestión es que a él el frío lo llenaba de una extraña energía, como si se tratara de los primeros síntomas de una transfusión. Le parecía, incluso, que respiraba mejor. A veces, algunas veces, hasta tenía la sensación de que había más aire en el aire. Y otras, muy pocas pero sublimes, que hasta podía ver el aire desplazándose con un ligero tinte azul delante suyo, envolviéndolo, metiéndose por sus fosas nasales, aleteando ante sus ojos, cortándose con el paso fugaz de alguien, de algún otro al lado suyo.
A ella, en cambio, el frío la ponía nerviosa. Amontonaba colchas y frazadas a los pies de la cama, prendía de inmediato la estufa y los quemadores de la cocina, se apuraba a cerrar las ventanas y, lo que era peor, indefinidamente peor, comenzaba a preparar unos guisos poderosos, repletos de carnes, verduras y hortalizas que nadaban en un olla permanente sobre la hornalla para evitar que se comenzaran a formar esos círculos de grasa que se iban compactando con el correr de las horas. La unión de todo este accionar llevaba a que en los ambientes reinara un clima de opresión y encerrona, de finalización de un camino cuando se sabe que ahí no era, de desmadre de la situación. Además de los nervios, con el frío ella tendía a hablar más fuerte. De modo que, como se suele decir, estaban dadas todas las condiciones para que una simple discordancia de gustos se fuera transformando hasta alcanzar límites inusitados.
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